miércoles, 1 de septiembre de 2010

...Atardeceres...


Eran las cinco y cuarto de la tarde y el sol ya comenzaba a ocultarse tras las montañas que rodeaban la ciudad; los rayos de luz se distorsionaban en las más caprichosas formas y colores en el pálido lienzo que una tarde fría de otoño ofrecía. Allí, tras el enorme ventanal de uno de los edificios más elegantes del lugar, Clara observaba pensativa tan hermosa obra de arte.
Había estado tumbada en el cómodo sofá desde que había llegado del colegio, el almuerzo y los deberes se habían olvidado en el comedor, justo al otro lado de la habitación, olvidados como quería olvidar todo lo demás. Sin embargo, a pesar de sus grandes esfuerzos, su mente seguía trabajando ávidamente como acostumbraba hacerlo todos los días y noches desde que había ocurrido. Clara había encontrado la forma de engañarla, pretender que ni ella ni nada mas existía, solía ser bastante útil para llevar a cabo tal labor, pero hoy no, no en esta tarde tan similar a aquella.
El ruido de unas llaves la saco abruptamente de sus cavilaciones.
-          ¿Clara?­ ¿Me ayudas con la puerta cariño?
Era mamá, había llegado mucho más temprano de lo que acostumbraba y ahora tendría que volver a ponerse su máscara y entrar de nuevo en la perfecta mentira en que se había convertido su vida. Se paro del mueble y como todo un actor que se para frente a un escenario todo en ella cambio desde el instante en que toco el mango de la puerta.
-          ¡Hola mami! Siento haberme demorado, creo que me estaba quedando dormida al ver el atardecer.
Su sonrisa perfecta, rematada por un sonoro beso, no mostraba señal alguna de las lágrimas que hacía unos instantes se resbalaban por sus mejillas; definitivamente esas clases de actuación habían valido la pena. Clases de actuación, obras, teatros… parecía que todo aquello había sido hacia siglos, tal vez pertenecido a otra persona, a otra vida.
La llegada de su madre a casa había estropeado sus planes y ahora tendría que esperar otro día, otra tortura; - mañana lo hare…Lo juro! – Era la segunda vez que se derrumbaban sus planes, pero no pasaría una tercera vez.
Se despidió de su madre, inocente criatura que jamás notó la más mínima diferencia en su hija a quien amaba como a nada en el mundo; se iría temprano a la cama, pero para lograr dormir toda la noche tendría que tomarse una pastilla mas… no importaba, ya no las necesitaría mas.
-No abras los ojos, por favor no lo hagas!- Intentaba convencerse, pero era demasiado tarde pues el efecto de la droga había pasado y el despertador anunciaba sonoramente la hora de ir al colegio. Apesadumbrada se levanto y tiro a la basura su desayuno, no iría hoy a estudiar.
Se vistió lentamente, había pensado muy bien en la ropa que usaría para no tener que pensar en lo demás. Hoy, después de un año, volvería a visitar a su mejor amiga.
Cruzo las calles de su pequeña ciudad hasta llegar al cementerio, un frio recorrió su espalda al pensar en el pasado, en el futuro…
Había estado sentada frente a la lapida de su mejor amiga por más de una hora, ambas sabían lo que iba a ocurrir, entonces escucho a un hombre a sus espaldas.
-          Mi esposa murió hace 5 años de cáncer, ¿De qué murió la tuya?
Reía, una autentica risa brotaba de sus labios. Era un anciano, de piel oscura que llevaba una ramo de rosas blancas en sus manos, entonces tomo una y se la extendió,
-          No te preocupes pequeña, nada de lo que haya pasado merece que condenes tu vida.
El anciano había adivinado sus planes, esos que en meses de concepción nadie había notado. El hombre se sentó a su lado, entonces Clara reconoció la sensación que invadió su cuerpo en ese momento: paz. Sin saber cómo o porque, se sintió de nuevo como una pequeña que descansa en brazos de su madre y sabe que nada puede hacerle daño. Entonces noto que el hombre le hablaba y sin estar segura de la razón se descubrió derramando unas cuantas lagrimas.
-          Está bien – dijo el hombre – No mas historias de juventudes pasadas y olvidadas…no llores.
Y ambos guardaron silencio. Luego de unos momentos Clara se levanto, beso al hombre en la mejilla y se marcho.
 Por un momento había dudado, por un momento había deseado dejarlo todo atrás, pero ese momento había pasado y ahora era tiempo de terminarlo todo. Pero ¿Qué había por terminar? Por última vez  Clara se permitió recordar todo aquello…
Era una tarde de ceniza que resaltaba el gris de sus ojos y el blanco de su piel, “la reina de hielo” solía llamarla María, su amiga más cercana. Habían decidido ir a ver una película en la casa de María y Clara se quedaría a dormir, y así lo hicieron. Entonces mientras hablaban en el cuarto llegó el padre de María; Clara lo había visto solo unas pocas veces pero jamás lo había conocido. El hombre entro en la habitación de su hija y sus intimidantes ojos verdes se posaron sobre Clara, estaba sentenciada…  Soñaba, y en su sueño estaba rodeada de arañas que se paseaban por su vientre, tenía que despertar, y lo hizo para descubrir que las arañas estaban ahí, eran reales. Las manos del padre de María acariciaban suciamente todo su cuerpo, estaba amordazada, no podía moverse, no podía pelear, estaba perdida; su única salvación era María, pero podía escucharla gritando desde la otra habitación, intentaba escapar de su encierro. Entonces todo se desvaneció, podía escuchar sus propios gritos, podía sentir sus lágrimas, pero era demasiado tarde… Un ensordecedor grito, luego silencio, esto fue lo único que la saco de su abismo. María… había intentado escapar por la ventana, tenía que ayudarla, pero el muro que la sostenía no era lo suficientemente ancho y no sobrevivió una caída de cuatro pisos.
Jamás pudo enfrentarlo, jamás pudo hablar de ello, solo importaba el colegio, su madre, su trabajo de medio tiempo… lo demás no existía, lo demás era mentira…
Eran las cinco y cuarto de la tarde y el sol ya comenzaba a ocultarse tras las montañas que rodeaban la ciudad; los rayos de luz se distorsionaban en las más caprichosas formas y colores en el pálido lienzo que una tarde fría de otoño ofrecía. Allí, tras el enorme ventanal de uno de los edificios más elegantes del lugar, Clara observaba pensativa tan hermosa obra de arte.
Había llegado hacia poco a su casa, todo estaba listo… esta vez su madre no llegaría…
  -¿Clara, me ayudas con la puerta? Traigo las compras!!!... ¿Clara?
La busco en la sala, en la cocina, en su habitación…por último se dirigió al patio al recordar cómo le gustaba observar desde allí la luna… Entonces la encontró… su rostro perpetuaba la más hermosa imagen jamás concebida, y entre sus manos sostenía una sola rosa roja teñida por su sangre. 


                                                                         Sara Lopez Marin.

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